Calor urbano y equidad en América Latina: la desigualdad que los promedios no muestran
En las ciudades latinoamericanas la desigualdad térmica aparece al observar los barrios, las viviendas y la posibilidad de protegerse. Al comparar ciudades enteras, el patrón se desdibuja e incluso puede parecer el contrario.
15 juillet 2026 · 11 min de lecture
El calor urbano dejó de ser una cuestión de confort. Un estudio publicado en 2022 analizó 15.431.532 defunciones registradas entre 2002 y 2015 en 326 ciudades de nueve países de América Latina. Para estimar el efecto del calor, los investigadores no aplicaron un mismo umbral de temperatura a toda la región, porque una temperatura puede ser habitual en una ciudad y excepcional en otra. En su lugar, tomaron como referencia, para cada ciudad, la temperatura media diaria asociada con la mortalidad más baja y calcularon cómo aumentaban las defunciones durante los días más cálidos. Con ese método estimaron que el 0,67 % de las muertes era atribuible a temperaturas superiores a la referencia local; entre las personas mayores de 65 años, la proporción ascendía al 0,81 %.
El 0,67 % incluye todos los días más cálidos que esa referencia, no solo las olas de calor. El estudio definió como calor extremo el 5 % de los días con mayor temperatura media en cada ciudad. Dentro de ese conjunto de días ya muy calurosos, cada aumento adicional de 1 °C se asociaba con un incremento relativo del 5,7 % en el riesgo de morir. Esto no significa que muriera el 5,7 % de la población, sino que el riesgo estimado aumentaba en esa proporción por cada grado adicional.
Pero estos resultados describen el conjunto de las ciudades estudiadas. No dicen cómo se distribuye el daño dentro de cada una. Para entender la desigualdad hay que acercar la mirada y observar tres ámbitos: el barrio, la vivienda y la posibilidad real de protegerse.
Dónde se produce la desigualdad
El barrio
La cantidad de vegetación y sombra, los materiales de las calles y las cubiertas y la forma de las edificaciones influyen en cuánto se calienta cada zona. Estudios publicados en 2022 y 2024, realizados en Santiago de Chile y San Luis Potosí, encontraron temperaturas superficiales más altas en sectores con peores condiciones socioeconómicas. En San Luis Potosí, durante la primavera, la diferencia media entre las zonas más favorecidas y algunos de los sectores más desfavorecidos osciló entre 1,58 y 2 °C.
Estas cifras se refieren a la temperatura de superficies como techos, calles y suelos, no directamente a la del aire ni a la del interior de las viviendas. Tampoco pueden trasladarse al conjunto de América Latina. Su valor está en mostrar que las diferencias entre barrios existen y pueden desaparecer cuando toda la ciudad se representa mediante un único promedio.
La vivienda
El barrio es solo una parte de la exposición. Una vivienda puede amortiguar el calor exterior o retenerlo durante horas. No basta con saber si la cubierta es metálica, de fibrocemento o de otro material: también importan su exposición al sol, el color, el aislamiento, la presencia de una cámara de aire y las posibilidades de ventilación.
Un estudio publicado en 2020, basado en el seguimiento de doce viviendas de Tegucigalpa durante la época más calurosa, encontró que la exposición de las cubiertas y su escasa capacidad de aislamiento favorecían el sobrecalentamiento. En algunas casas, las temperaturas excesivas se mantuvieron hasta durante el 20,3 % de las horas de ocupación. En Salta, otro estudio publicado en 2026 siguió quince dormitorios durante siete olas de calor de la temporada 2023-2024 y encontró que el 39 % de las mediciones nocturnas superaba los 26 °C.
Los autores utilizaron los 26 °C como criterio para identificar sobrecalentamiento nocturno, no como un límite sanitario universal. El problema es la persistencia: cuando el dormitorio no se enfría, al organismo le resulta más difícil perder el calor acumulado, el sueño puede deteriorarse y disminuye la recuperación antes de afrontar otro día caluroso. Son estudios locales y sus porcentajes no pueden extrapolarse a toda la región, pero confirman que la vivienda puede prolongar la exposición después de que la temperatura exterior comienza a bajar.
La posibilidad de protegerse
El riesgo tampoco depende únicamente del lugar. Climatizar una vivienda exige disponer de un equipo, una instalación eléctrica adecuada y dinero para pagar el consumo. Quien trabaja al aire libre o en un interior sin climatización no puede evitar las horas más calurosas. Quien cuida a niños, mayores o personas dependientes tampoco puede trasladarse fácilmente a otro lugar.
Por eso, dos personas pueden atravesar la misma ola de calor y recibir exposiciones muy distintas. Una puede pasar el día en un espacio climatizado y dormir en una habitación que se enfría por la noche; otra puede trabajar al sol y descansar en una vivienda que conserva el calor acumulado durante el día. La desigualdad se encuentra tanto en la exposición como en las posibilidades de reducirla.
Por qué los promedios pueden ocultarla
Un segundo estudio, publicado en 2023 y basado en los registros de temperatura y mortalidad de 2002-2015 correspondientes a 325 de esas ciudades, analizó si la mortalidad relacionada con el calor era mayor allí donde había más pobreza o desigualdad de ingresos. El resultado fue contrario a lo esperado: al comparar ciudades completas, esos factores no se asociaban con una mortalidad por calor más alta y, en algunos análisis, la relación aparecía incluso en sentido inverso.
Eso no significa que la pobreza proteja frente al calor. Significa que la escala utilizada no permite ver cómo se reparte el riesgo dentro de cada ciudad. Dos ciudades pueden diferenciarse no solo por sus ingresos, sino también por el clima al que está habituada su población, su estructura de edades, su infraestructura y otras condiciones que el estudio no consiguió medir por completo. Los autores presentan estas explicaciones como hipótesis, no como causas demostradas.
Dentro de una misma ciudad pueden coincidir viviendas que conservan el calor, trabajos con exposición directa, escasez de sombra y pocas posibilidades de refrigeración. Todo eso se pierde cuando el dato se calcula para millones de habitantes como si compartieran una misma situación.
Hay otra cifra que ayuda a interpretar el problema térmico con perspectiva. En el primer estudio, las temperaturas inferiores a la referencia local representaban el 5,09 % de las muertes, frente al 0,67 % atribuido a las temperaturas superiores. La diferencia no significa que cada día frío sea más peligroso que un día de calor extremo. Se debe, en buena medida, a que a lo largo del año hubo muchos más días por debajo de la temperatura asociada con menor mortalidad que días de calor intenso.
El promedio de una ciudad puede ser correcto y, aun así, ocultar lo que ocurre entre sus barrios y dentro de sus viviendas.
Lo que un mapa de calor muestra —y lo que no
Muchos mapas urbanos de calor se elaboran con información satelital. Estos instrumentos estiman la temperatura de las superficies que observan desde arriba: cubiertas, pavimentos, vegetación y suelo. Son muy útiles para comparar toda la ciudad con un mismo criterio y detectar las zonas que se calientan más.
Sin embargo, estos mapas no miden directamente la temperatura del aire que rodea a una persona ni la que existe dentro de su casa. Las tres temperaturas están relacionadas, pero no son equivalentes. Una cubierta puede aparecer muy caliente en una imagen satelital y, aun así, transmitir poco calor al interior si dispone de buen aislamiento y una cámara ventilada. Del mismo modo, que una cubierta no figure entre las más calientes en la imagen tomada durante el día no garantiza que el dormitorio esté fresco por la noche: la vivienda puede haber acumulado calor en sus materiales y liberarlo lentamente después de la puesta del sol.
Un estudio publicado en 2026, basado en ciudades de Estados Unidos, cuantificó esta diferencia de medición y mostró que utilizar la temperatura superficial como sustituto directo de la temperatura del aire puede distorsionar tanto la magnitud como la distribución espacial de la exposición. El resultado no describe las ciudades latinoamericanas, pero sí confirma una limitación general del método.
La noche merece una atención específica. Los picos de la tarde son peligrosos, pero también lo es no poder recuperarse mientras se duerme. Un análisis internacional publicado en 2025, con datos de 178 lugares de 44 países, encontró que las noches calurosas añadían riesgo de mortalidad incluso después de considerar la temperatura máxima del día. Por eso, un mapa de máximas diurnas describe solo una parte del problema.
El mapa satelital sirve, por tanto, para saber dónde conviene mirar con más detalle. Para estimar la exposición real debe combinarse, siempre que sea posible, con mediciones del aire y del interior de las viviendas, además de información sobre quién vive y trabaja en cada lugar.
Qué medidas alcanzan cada parte del problema
No existe una única intervención capaz de reducir todas las formas de exposición. Cada medida actúa en un lugar y llega a grupos distintos.
- Las mejoras en la vivienda —sombra sobre la cubierta, superficies reflectantes, aislamiento o ventilación— pueden reducir el calor interior y nocturno. Su eficacia depende del clima, la construcción existente y la forma de uso de la casa, por lo que deben evaluarse en cada contexto.
- La sombra y la vegetación urbana mejoran los recorridos y los espacios de estancia. Los árboles existentes ofrecen protección inmediata; los recién plantados necesitan tiempo, suelo, agua y mantenimiento. Allí donde no es posible esperar, las estructuras de sombra pueden cumplir una función más rápida.
- La protección laboral es indispensable para quienes no pueden evitar la exposición. Adaptar horarios, establecer descansos, garantizar agua y sombra o suspender ciertas tareas durante las horas críticas actúa sobre un riesgo que no puede resolverse desde la vivienda.
- Los espacios refrigerados, las alertas y los protocolos sanitarios pueden reducir daños si son accesibles y activan una respuesta concreta. Un aviso sirve de poco cuando la persona no puede dejar de trabajar, enfriar su casa, desplazarse o recibir ayuda. Una revisión sistemática publicada en 2025 concluyó que estos sistemas pueden mejorar su precisión y eficacia cuando se calibran con datos climáticos y sanitarios locales y consideran las condiciones de la vivienda y las necesidades de los grupos más expuestos. La alerta es útil, pero no sustituye los medios necesarios para poder actuar frente a ella.
Estas medidas no compiten entre sí. Se complementan porque intervienen en momentos distintos del día y sobre formas diferentes de exposición.
Lo que todavía no se puede afirmar
La evidencia disponible no ofrece una cifra única sobre la desigualdad térmica dentro de las ciudades latinoamericanas. Existen estudios locales, pero utilizan periodos, escalas e indicadores diferentes. Sus resultados permiten identificar mecanismos y problemas, no calcular un porcentaje aplicable a toda la región.
Tampoco es posible deducir la temperatura interior de una vivienda a partir de un mapa satelital, ni atribuir a un material de cubierta un número concreto de muertes evitables. Sabemos que las características constructivas influyen en el calor interior y que las temperaturas extremas aumentan la mortalidad, pero el recorrido completo entre ambas cosas todavía no está cuantificado.
Los umbrales de alerta tampoco deberían trasladarse de una ciudad a otra sin una calibración local. La temperatura a partir de la cual aumenta el riesgo varía según el clima habitual, la población y sus condiciones de vida.
Estas limitaciones no justifican esperar a disponer de información perfecta. Indican qué puede sostener cada dato y qué otras mediciones hacen falta para completar el diagnóstico. Un mapa satelital puede localizar superficies calientes; las mediciones interiores muestran qué ocurre en la vivienda; y la información social permite saber quién puede protegerse y quién permanece expuesto.
La conclusión más sólida no es que todos los barrios con menores ingresos sean necesariamente los más calientes. Es que los promedios urbanos no bastan para evaluar la equidad. Para saber dónde actuar hay que observar conjuntamente el barrio, la vivienda, las actividades cotidianas y los recursos disponibles.
Solo entonces el calor deja de ser una mancha de color sobre el mapa y aparece como lo que realmente es: una exposición que se acumula de manera distinta a lo largo del día y que exige respuestas coordinadas dentro y fuera de la vivienda.
Fuentes
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- Sarricolea, P. et al. (2022). “Socioeconomic inequalities and the surface heat island distribution in Santiago, Chile”. Science of the Total Environment, 832, 155152.
- Parra Rodríguez, O. et al. (2024). “Land surface temperature and socioeconomic residential segregation in the Metropolitan Zone of San Luis Potosí, Mexico”. Science of the Total Environment, 957, 177753.
- Gamero-Salinas, J. C., Monge-Barrio, A. y Sánchez-Ostiz, A. (2020). “Overheating risk assessment of different dwellings during the hottest season of a warm tropical climate”. Building and Environment, 171, 106664.
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Analizo cómo las condiciones ambientales, espaciales y constructivas afectan a la salud y al bienestar, para identificar desigualdades de exposición y orientar intervenciones sobre los lugares donde transcurre la vida cotidiana.